
Vivir de puntillas
No has venido a pasar por esta vida de puntillas…
No has venido a resolver, a la primera, cada desafío, ni a mimetizarte con los cánones de moda, ni a ser políticamente correcto, ni a poner al mal tiempo buena cara. No has venido a vivir una vida profiláctica que termine en un cadáver del que todos digan «qué bueno era».
Has venido a ser feliz.
Y no hay felicidad en el miedo a no encajar, a no gustar, a no ser adecuado… para los demás. Siempre para los demás. No hay felicidad en los límites del buenismo, que tan a menudo se confunde con la bondad. Nadie puede ser feliz mientras se niegue a explorar lo que le motiva, solamente porque su entorno no lo entienda, o no lo apoye.
La felicidad implica libertad y responsabilidad. Libertad para equivocarte las veces que sean necesarias hasta que descubras lo que de verdad tiene valor y lo que solo eran fantasías descartables. Responsabilidad para aceptar la experiencia resultante de cada decisión que tomas, de cada paso que das, sin recurrir al victimismo cada vez que las consecuencias de tus elecciones no sean las esperadas.
Nada te está impidiendo vivir la vida que deseas, salvo el miedo a perder esa imagen que quieres que los demás conserven de ti. Una imagen «aceptable» que compense la patética idea que, en el fondo, tienes de ti mismo.
Quítate los guantes. Deja que la vida te ensucie. Deja que te roce lo suficiente como para que te arranque todas las creencias falsas que tienes acerca de ti, escondiditas detrás de la cara luminosa que tratas de mostrar al mundo.
Quítate las máscaras. Quédate desnudo de historias y conceptos… Y siente. Eso que sientes, solo es miedo. Miedo a tu libertad. Miedo a tu felicidad… Pero se te acabará pasando. Confía en ello mientras lo respiras a bocanadas llenas.
No sigas viviendo de puntillas.
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