Pedro Alonso Da Silva

No estamos aquí para ser buenos sino para ser libres

Cada uno a nuestra manera estamos explorando esta experiencia de creer ser personas. Una vez asumida la personalidad, nuestro programa mental «personal» determina todos nuestros gustos, carencias y deseos, además de guiarnos en la búsqueda de la felicidad, tratando de alcanzar aquello que supuestamente nos falta para sentir plenitud. Nos empuja a lograr aquello que nos haría tan «especiales» que por fin nos sentiríamos merecedores de la aceptación y el amor… de los demás. En fin, el engaño del palo y la zanahoria.

Desde la inconsciencia no hay libertad, no estamos eligiendo nada, solo creemos que sí. La creencia en la voluntad «personal» nos hace esclavos de una rueda de hámster en la que estamos escapando de una herida pasada y tratando de llenar un vacío presente con una felicidad futura que nunca llega.

Si no despertamos la conciencia no podemos detectar el automatismo que rige nuestra mente. Ese software mental tiene una respuesta programada para cada estímulo, un juicio para cada situación y una lógica —basada en la separación y el miedo— para interpretar todo lo que acontece. Si no somos conscientes, vivimos supeditados a los parámetros «personales» de nuestras creencias, normas y valores.

Si entendemos esto, es lógico formularse la siguiente pregunta: ¿cómo podemos desprogramar ese software mental? La respuesta la tienes cada vez que eliminas un programa en tu ordenador y ejecutas un… desinstalador.

Al desinstalador que te permitirá desprogramar tu mente —no mejorar el programa— le llamamos perdón, aunque lo oirás denominar de muy diferentes formas (derivación, entrega, profunda aceptación…). El nombre no importa, lo que importa es su práctica, llames como lo llames.

Cuando hablo de perdón no me refiero a ese sucedáneo que nos han enseñado, ese que trata de perdonar «pecados» —que asume como reales— para ser «buenos». Me refiero al perdón como una práctica que deshace toda creencia en el pecado, la culpa, el miedo y el sufrimiento allí donde se encuentra —en nuestra mente—, no para ser buenos, sino para ser libres.

Para instalar este programa que desprograma, el primer paso, como ya vimos, es tomar conciencia de una emoción cualquiera, en el mismo momento de sentirla, y elegir sentir a propósito lo que estamos sintiendo sin juzgarlo, nombrarlo, explicarlo o justificarlo. Sentir es sentir, pensar es pensar. Ahí comienza a abrirse la puerta de la liberación, la que nos da la posibilidad de mirar la situación que estamos experimentando desde una perspectiva nueva y, por lo tanto, totalmente desconocida para nosotros. Cada vez que creemos saber lo que la situación significa, sacrificamos la liberación a cambio de la celda de lo conocido, donde creemos tener algún control pero donde, en realidad, estamos siendo controlados por el programa.

El programa siempre nos mantiene persiguiendo zanahorias, y nosotros obedecemos porque anhelamos la paz que promete. Pero la paz no es dejar de sentir ciertas emociones, como se tiende a creer. Dejar de sentir no tiene nada que ver con la paz sino, mas bien, con la represión psicoemocional. La paz es ese estado mental en el que cualquier emoción, por intensa que nos resulte, está siendo aceptada y sentida sin resistencia, o lo que es lo mismo, sin sufrimiento. La paz es el resultado de perder el miedo a sentir.

Solo si tenemos claro ese propósito de paz, escogeremos dejar suelto todo lo que creemos entender de este instante, y daremos el paso de entregarnos internamente a ver con otros ojos —desde una nueva perspectiva— el escenario que estemos viviendo. Esa nueva mirada sucede sola, no la podemos forzar porque proviene de fuera del programa. Es una mirada impersonal. Nuestra única función es transitar la experiencia sentida y despejar todos los obstáculos mentales que interrumpen la comunicación con la verdadera comprensión, que nada tiene que ver con el aprendizaje de las experiencias pasadas. Es abrimos a la profunda aceptación de lo que es, tal como es, por el simple hecho de que ya está siendo.

Se trata de vivir cada instante sin recurrir al pasado. Es simple. Si nos resulta complicado es por esa inercia mental de confundirnos con el «narrador» que usurpa cada una de nuestras experiencias y validar sistemáticamente lo que nos cuenta.

Estar presentes… tomar conciencia, es la puerta de salida del laberinto del sufrimiento. Es lo que nos permite aplicar nuestra voluntad para el único propósito que tiene sentido: la paz. En la paz el programa no es operativo.

Cada vez que elegimos abrirnos a mirar desde más allá de la historia «personal», el recuerdo de la Verdad puede aflorar en nuestra mente.

…Y solo la Verdad nos hace libres.

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