Pedro Alonso Da Silva

Ninguna experiencia humana puede amenazar con su efímera naturaleza aquello que es eterno en tí.

Durante muchos años me he definido como un buscador pero cuando encontré lo que buscaba la búsqueda dejo de definirme. Así que ya no soy un buscador.

Entonces, ¿qué soy? Déjame que te lo cuente…

¿Qué buscaba cuando era un buscador? Lo mismo que tú, lo mismo que todos. Aquello que llenase mis vacíos, que disipase mis miedos, que sanase mis heridas y que me hiciese sentir sostenido y cuidado en todo momento. Se le ha dado muchos nombres. Yo lo reconocí como una Presencia que no solo me acompañaba sino que era mi Identidad Real.

Encontrar lo que andaba buscando no fue más que el principio. En seguida me di cuenta de lo mucho que me costaba mantenerme en conexión con esa Presencia o, lo que es lo mismo, vivir desde ella. Descubrí que era adicto a vivir en una realidad paralela, una suerte de drama personal que me relataba de forma inconsciente y automática, donde solían acontecer ciertas circunstancias de forma cíclica que me hacían sentir del mismo modo que llevaba sintiéndome la mayor parte de mi vida.

Entonces pasé de ser un «buscador» a ser un «buceador». Ya había encontrado lo que buscaba y me había dado cuenta de que, aunque siempre estaba disponible, no siempre elegía vivir desde ese estado de consciencia. Había una inercia en mi mente que me llevaba una y otra vez a elegir el miedo en lugar del amor, la separación en lugar de la unidad, el dolor en lugar de la dicha.

Buceé dentro de mí para conocer el origen de esa inercia. Y descubrí al ego. La identidad con la que llevaba identificándome toda mi vida. Un personaje que vivía en un drama personalizado del que obtenía su alimento mental y emocional para seguir siendo quien era.

Buceé en el ego y descubrí que era todo un sistema de defensa que aparentaba proteger a un niño vulnerable y asustado, consumido por la culpa, que intentaba, de todas las formas posibles, ganarse el amor.

Buceé en el miedo, el dolor y la culpa sin la protección del ego y me encontré que allí mismo, en cada una de mis heridas, se encontraba el amor esperando mi presencia, en una cita que llevaba rehuyendo toda mi vida. Encontré dos brillantes perlas en esa inmersión: que el amor es lo único que sana el dolor, y que el ego no me protegía de mis heridas sino que vivía de ellas. Era del amor de lo que me estaba protegiendo. Porque el ego nace y crece en el miedo pero muere en el amor.

Y sin dejar de ser «buceador» la vida me ha llevado a ser «instructor de buceo» para otras personas que, como a mí me sucedió, se saben la teoría e incluso han tenido alguna experiencia de conexión con la Presencia, pero no comprenden por qué siguen atrapadas en sus bucles experienciales, en sus dramas de siempre.

Son varias las técnicas, herramientas y enfoques que he ido adquiriendo y practicando a lo largo de mis etapas de búsqueda y buceo interior (Terapia Gestalt, Bioneuroemoción, Ho’oponopono, Un Curso De Milagros, El Proceso de la Presencia…). Todas ellas forman parte, de uno u otro modo, del acompañamiento que brindo, aunque no me apoyo directamente en ninguna de ellas. He sustituido las técnicas por la Presencia. No trato de cambiar a nadie porque lo que necesita ser corregido no es lo que somos, sino lo que creemos que somos. No necesitamos cambiar nuestro comportamiento, que es un efecto, sino cambiar nuestra percepción, que es la causa.

El amor incondicional que buscas no te lo puedes ganar por mucho que «mejores» tu personaje pero, parafraseando Un Curso De Milagros, puedes aprender a despejar todos los obstáculos que te impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural.

En mis «inmersiones», en solitario o compartidas, me dedico precisamente a eso, a identificar y despejar obstáculos.

El amor hace todo lo demás.

Pedro Alonso Da Silva

hola@pedroalonsodasilva.com

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